Hasta ese día nunca había sentido contracciones. Mis amigas embarazadas me contaban: “se te pone la panza dura” , pero nada por casa. Ya por entonces éramos un grupo de cuatro que nos habíamos conocido haciendo gimnasia (aunque en rigor de verdad “conocidas conocidas” nos habíamos hecho comiendo panqueques con dulce de leche a la salida de esa clase). Por lo general discutíamos, pero sobre todo nos reíamos, de la onda naturista del lugar donde de puta casualidad todas habíamos caído buscando mover el esqueleto para no convertirnos en morsas. Todas deseábamos un parto natural y “libre de drogas”, pero no podíamos dejar de reírnos sin parar, y aún hoy no podemos cuando nuestra profe (divina esa mina) nos llevaba a conectarnos con nuestro bebé en ejercicios de relajación. (a veces se iba de mambo en la dirección y se le ocurría decir cosas como “toquen su corazoncito”. carcajadas generales y el grito de: “tiene mucha sangre me da asco”. A pesar de todas las risas, ya estaba adentro nuestro y muy internalizado, lo que queríamos para nuestro parto.
El sábado 4 de noviembre a la tarde llegaron mis viejos de Rosario. Mi mamá ya se quedaba en casa (faltaban 15 días para la fecha de parto y yo la necesitaba cerca) y mi papá se volvía el domingo a Rosario, esperando el llamado de la nieta ya nacida.
Como yo me sentía re bien, decidimos ir un rato al cumpleaños de mi tía que vive en Floresta. Ahí todo el primaje y tiaje determinó con exactitud científica que mi panza “todavía estaba muy alta” y que sin dudas “me faltaba un montón” (un ojo bárbaro che). Igual, quería creerles, mi obstetra Juan A, me había anunciado promediando la mitad del embarazo que lo habían invitado a Malasia para participar del Congreso Mundial de Obstetricia y Ginecología. Decidí seguir igual con él, porque es lo más y lo amo, pero por las dudas también conocí a su reemplazante esa semana, Agustina, un amor de mina.
A la vuelta del cumple experimenté por primera vez una de esas contracciones. Panza dura, unos minutos, sin dolor.
Ya en casa, a eso de las 12 de la noche comimos unas frutillas, sacamos fotos porque era impresionante como se movía Regina y nos fuimos a acostar. “Al fin sé lo que es una contracción”, pensé. Yo supongo que estaba profundamente dormida cuando el dolor me despertó. Instintivamente le pegué una piña en el pecho a Pablo al grito de “ay esta vez sí que dolió”. Es raro, me siento rara. Pero no puede ser. Juan no está. Regina lo tiene que esperar. Otra contracción.
Como buenos alumnos de clase de preparto empezamos a anotar la regularidad. “che boludo que raro, son cada diez minutos, no puede ser”.
A las 4 de la mañana llamé a la partera. (Marta, la titular, amorosa ella, había sido muy clara al decirnos, primero llaman a mi casa y si no al celular). En la casa no contesta. Celular. Hola Marta?. No, soy Analía, Marta me lo derivó, te voy a atender yo contáme como estás. (la puta madre, no está Juan, no está Marta que me caía tan bien. Bueno, siempre puede ser peor, Analía es piola). Indicaciones: seguí anotando y tomáte una buscapina a ver si es una falsa alarma.
Las contracciones siguen. Duelen pero se soportan. Son fuertes y suben en intensidad. Pero sé que cuando mas me duelen, enseguida bajan. Como si fuera subir una pirámide, quiero llegar al vértice rápido y empezar a bajar. Estoy sorprendida. me la re banco. Pablo me banca. Mis viejos duermen en el living y ni se enteran. Roncan aún.
Esto no para. Y sin embargo sigo pensando que se me van a pasar. Juan, la re concha del congreso mundial y la puta que lo parió. Se hacen más intensas, ahora son cada cinco minutos. Un relojito.
A las 5 de la mañana llamo de vuelta. Van tres horas desde que esto empezó. “Hola Analía?”. “No, Analía me derivó su celular, soy Julieta, yo soy la que está de guardia contáme desde el principio”. El cansancio, el dolor y sobretodo la hora me hacen pensar que esto va a parar. que en unos minutos se me pasan, que estamos frente a una falsa alarma y llega Juan y Marta está toda para mí, y dejan de derivarse el teléfono y Regina nace dentro de dos semanas como debe ser.
Pero no. Cuento todo de nuevo. Mejor dicho, le cuenta Pablo porque yo largo el teléfono para agarrarme de la cama y soportar la que se viene. Me sale patear el piso mientras dura (la vecina de abajo contenta) y repito incansablemente “pasa pasa pasa pasa pasa pasa pasa pasa”. No entiendo como mis viejos siguen durmiendo. Salgo corriendo al baño. Tengo muchas ganas de hacer caca. Viene Pablo. “dice Julieta que te des un baño de inmersión durante 5 minutos y si siguen que la llamemos”. Pero por qué no le decís a Julieta que me deje de romper las pelotas y de una vez rajemos todos para el sanatorio. Pero lo pienso y a la vez quiero quedarme en mi pieza, acurrucada y solos los dos.
Okey. En el lapso que pasa de contracción a contracción, me relajo. No me duele nada. Sigo pensando que no es nada y que se están por pasar. Pablo anota. La regularidad es perfecta. Me doy el baño, salgo, vuelven sin piedad. “Che esto no para”, viene otra.
Pataleo contra el piso, respiro de todas las maneras aprendidas y me grito bajito “pasa pasa pasa pasa pasa pasa pasa pasa”. Estoy concentrada. Pienso que falta lo peor. Que me tengo que bancar este dolor. Me acomodo de diferente maneras cada vez. Pongo en práctica todas las posiciones. Pablo me abraza, me mira, tiene miedo pero no me lo dice. Me reconozco la mejor alumna de la clase. Estoy dilatando sola sin ir al sanatorio, sin Juan, sin Marta, sin Analía, sin nadie. Yo solita. Con Regina y con Pablo. Y creo que no me doy cuenta porque sigo confiada en que “ya se van a pasar”.
Son las seis. Llamo a Julieta y le pregunto por Agustina, la obstetra dulce que reemplaza a Juan y que yo había visto sólo una vez en mi vida. Tiene mi edad. Pienso que eso es bueno, además está embarazada y además es de Bahía Blanca como mi esposo. Buenas señales. Estoy tranquila.
“Yo me encargo de todo. Llamáme si aguantás media hora más y nos encontramos en el sanatorio. No aguanto. A los quince minutos le digo a Pablo: “va a nacer Regina y yo te juro que no lo puedo creer”. Pablo sigue anotando. Mete un par de cosas en una mochila. El bolso está preparado desde hace tiempo pero yo le digo que no: no lo llevemos, insisto en que me van a mandar de vuelta.
A esta altura con tanto ir y venir al baño, mi mamá sospecha que algo pasa, pero es tan respetuosa, tan mi madre, que ni se asoma. Mi papá ronca. Sin audífono puesto no se entera de nada.
“A las 7 en la guardia del Mater”. Pedimos un taxi. Mi papá salta de la cama. Qué pasa,qué pasa? (a esto le llamamos en mi casa tener orto. el tipo vino por 24 horas y se está por ligar el nacimiento de su segunda nieta).
Llego al sanatorio. Al ratito llega Julieta, impecablemente vestida y pintada. Me cuenta que nunca se acostó, que venía de un festejo familiar. Me cae bien a pesar de recordar las palabras de Juan: “te gustaron las chicas del curso?, sí todas divinas. “sí son muy contenedoras, salvo una que es más sequita, Julieta, pero esa quedáte tranquila que no te va a tocar”: Okey Juan, seguí en Kuala Lumpur que yo vengo fenómena la puta madre que te re parió.
Julieta me hace tacto. Me pregunta si traje el bolso. “No, seguro me mandás a casa”. No mi amor, tenés ocho de dilatación, va a nacer en un ratito. Justo que en la otra sala hay una de las enfermeras de acá que está por parir. Voy a ver si consigo a alguien porque están todos con ella, me dice impunemente la desgraciada.
Stop. No está Juan. No vino Marta porque es domingo, Analía derivó su celular a Julieta, la más sequita que no me iba a tocar y encima de todo a una enfermera del Mater se le ocurre parir el mismo día y andan todas sus amigas enfermeritas enloquecidas.
Nada me importa. Ya no escucho. Trato de concentrarme. Las contracciones nunca paran. Me duele. Me la banco. Me hago fuerte. Pablo me da la mano, está llorando. Me saca una foto con su celular. Yo me río y hago la V de la victoria. Regina is coming baby, me dice, e inmortaliza ese momento donde parezco un elefante preñado.
Me hacen preguntas, Pablo hace papelerío. Llama a mis padres, una enfermera adolescente (debe ser nuevita y no amiga de la otra conchuda) me trata como si fuera su hermana. Su voz es tan cálida, me acaricia la mano. Me empiezo a sentir mejor. Julieta vuelve cambiada, me dice que Agustina está en camino “viene de Pilar”. No way, a esta hora tiene que llegar bien por Panamericana, pienso. Ya estoy entregada, no puedo putear más. Una sensación de paz empieza a llegar a mi cuerpo. Lloro un poco. No lo puedo creer. Voy a ser mamá. Y me la re banco loco.
Me llevan a la sala de parto, aparece un anestesista alto, me parece que es gay. Me cuenta que anoche tuvo el cumple de su sobrino, charla con Julieta de lo que hicieron anoche, me hacen reir, yo maldigo a las enfermeras que están con la otra, aunque cada tanto aparecen y me cargan por inoportuna. De repente hay muchas mujeres en la sala, pero yo ya no las veo. Miro hacia adentro de mi panza. Sé que está bien, no tengo nada de miedo. Me ponen la peridural (aunque ya tenía diez de dilatación) y el anestesista me abraza. Entra Agustina. Llega Pablo vestido íntegramente de blanco y hace un chiste: “dónde hay que operar?” Nos reímos. Ya estamos todos. Esto parece una joda.
Hago el primer pujo, entre medio todos charlamos como viejos amigos. Pablo me mete la manguerita de oxígeno en la oreja. Está nervioso. Lo cargan. Yo me pongo ansiosa. Quiero que sea rápido. Ahora sí me agarra cagazo de que se quede atrancada. Lo digo y más risas. Segundo pujo. Ya le veo la cabecita, dice Agustina, una más y sale. Lo qué??????? cómo que le ves la cabecita? yo pensé que esto iba a durar más. Quiero verla y a la vez no quiero que se termine este momento. Me duele y sin embargo la estoy pasando bien. Esto es muy raro.
Sé que éste es el último y grito con todas mis fuerzas, lo estiro lo más que puedo, todos me alientan, Pablo larga la manguerita y se asoma a verla, puedo sentir cuando se desliza a través de mi cuerpo y sale, larga y flaca, mi vida, la nuestra.
Me la dan y lloro y me río, me río mucho, fuerte, con lágrimas. La tengo conmigo, la beso, la miro, lo miro y estamos los tres. Y el reloj marca las 9.35. y afuera llueve. Y paso por la sensación mas hermosa que jamás tuve en mi vida. Y soy tan feliz.
(inspirado en este maravilloso relato de
Lo)