Mi
teclado es propenso a la nostalgia.
Cuando
vivía en Buenos Aires pero extrañaba Rosario, me ayudaba a escribir.
Cuando
volví y dejé de añorar, el sosiego no me ayudó a escribir.
El
río me distrae, no me ayuda a escribir. Pienso miles de versos sobre el agua
marrón, la fortuna de vivir en una orilla, el sonido hipnótico de las olas
después de que cruza un carguero, las aves chiquitas, las grandes, el olor a
camalote que es uno de los que más me gustan en el mundo, los principiantes en
canoas, un perro sucio corriendo por la arena, los pies sobre la tierra fría,
el punto de fuga donde se cruzan los camiones arriba del puente, un kyte que
sobrevuela, una lancha a todo trapo, un barco enorme con bandera soviética y un
pescador remando lento en un bote viejo. Es un cuadro, hay que pintarlo,
pienso, y eso, no me ayuda a escribir.
La
libertad no me ayuda a escribir.
Tener
una rodhesia en el cajón de la mesa de luz me ayuda a escribir.
Tomar
gin con amigos, me ayuda a escribir.
Un
asado con chinchulines y tripa gorda ayuda a escribir.
El
locro de mi vieja, ayuda a escribir.
La
mandioca frita ayuda a escribir.
Recibir
paquetes de farofa, tapioca y jabones Phebo de Brasil, ayuda a escribir.
Pensar
en vivir en Río, ayuda a escribir.
Silvio Rodríguez de fondo me ayuda a escribir
“Oh melancolía,
Rosa del aliento,
Dime quién me puede amar”
Rosa del aliento,
Dime quién me puede amar”
Pensar
en la facultad, me ayuda a escribir. Las letras escritas en la cucheta de mi
compañera de estudio, las horas en el bar empezando a entender la
política, la sociedad, el lenguaje, y Barthes, que en “Fragmentos de un
discurso amoroso” me hacía sentir que escribía para mí. Todo eso, me
ayuda a escribir.
Recorrer
el momento exacto donde por fin había llegado “ser grande”, las nuevas fichas
que caían más rápido, el mundo de verdad. Más divertido y real.
Los
amores de esa época ayudan a escribir, los desamores aún más.
Extrañar,
me ayuda a escribir.