24.7.20

Señora del Tiempo




Mi teclado es propenso a la nostalgia.
Cuando vivía en Buenos Aires pero extrañaba Rosario, me ayudaba a escribir. 
Cuando volví y dejé de añorar, el sosiego no me ayudó a escribir.
El río me distrae, no me ayuda a escribir. Pienso miles de versos sobre el agua marrón, la fortuna de vivir en una orilla, el sonido hipnótico de las olas después de que cruza un carguero, las aves chiquitas, las grandes, el olor a camalote que es uno de los que más me gustan en el mundo, los principiantes en canoas, un perro sucio corriendo por la arena, los pies sobre la tierra fría, el punto de fuga donde se cruzan los camiones arriba del puente, un kyte que sobrevuela, una lancha a todo trapo, un barco enorme con bandera soviética y un pescador remando lento en un bote viejo. Es un cuadro, hay que pintarlo, pienso, y eso, no me ayuda a escribir.
La libertad no me ayuda a escribir.
Tener una rodhesia en el cajón de la mesa de luz me ayuda a escribir.
Tomar gin con amigos, me ayuda a escribir.
Un asado con chinchulines y tripa gorda ayuda a escribir.
El locro de mi vieja, ayuda a escribir. 
La mandioca frita ayuda a escribir.
Recibir paquetes de farofa, tapioca y jabones Phebo de Brasil, ayuda a escribir.
Pensar en vivir en Río, ayuda a escribir.
Silvio Rodríguez de fondo me ayuda a escribir
“Oh melancolía,
Rosa del aliento,
Dime quién me puede amar”
Pensar en la facultad, me ayuda a escribir. Las letras escritas en la cucheta de mi compañera de estudio,  las horas en el bar empezando a entender la política, la sociedad, el lenguaje, y Barthes, que en “Fragmentos de un discurso amoroso” me hacía sentir que escribía para mí.  Todo eso, me ayuda a escribir. 
Recorrer el momento exacto donde por fin había llegado “ser grande”, las nuevas fichas que caían más rápido, el mundo de verdad. Más divertido y real.
Los amores de esa época ayudan a  escribir, los desamores aún más.
Extrañar, me ayuda a escribir.